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| Luis Enrique Alonso Benito |
En las sociedades
occidentales contemporáneas las prácticas de consumo ocupan el eje fundamental
del proceso de articulación entre la producción y la reproducción social. Sin
embargo, el consumo ha tenido, paradójicamente, un lugar relativamente
periférico (por pasivo y sobredeterminado) en la discusión política
contemporánea. Por ello, en todo proyecto de análisis e intervención social es
necesario sacar al consumo de cualquier a priori reduccionista y apostar por
una visión teórica que se proyecte sobre el campo concreto -y complejo- de las
prácticas adquisitivas reales, conectadas, a su vez, con la posición social de
los diferentes colectivos en el proceso de trabajo y con sus luchas por definir
tanto la distribución material como el reconocimiento cultural en sus contextos
institucionales de referencia.
El consumo es un
hecho social total -en la clásica acepción del concepto del sociólogo y
antropólogo francés Marcel Mauss-, pues es una realidad objetiva y material,
pero es, a la vez, e indisolublemente, una producción simbólica, depende de los
sentidos y valores que los grupos sociales le dan a los objetos y las
actividades de consumo.
El consumo como
práctica social
El consumo es, así,
una actividad social cuantitativa y cualitativamente central en nuestro actual
contexto histórico. No sólo porque a él se dedican gran parte de nuestros
recursos económicos, temporales y emocionales, sino también porque en él se
crean y estructuran gran parte de nuestras identidades y formas de expresión
relacionales; el consumo es un campo de luchas por la significación de los
sujetos sociales que arranca del dominio de la producción, pero que no la
reproduce mecánicamente sino que con una cierta autonomía, produce y reproduce
poder, dominación y distinción. Dado, además, el grado de madurez y complejidad
que ha alcanzado hoy en día la llamada sociedad de consumo, resultan un tanto
inútiles, por insuficientes, las posiciones más o menos tradicionales y ya casi
testimoniales del consumo como alienación, manipulación cierre o control del
universo social, típica de la teoría crítica de raíz moral, o su reverso
simétrico, el consumo como soberanía, libertad total y riqueza, característica
de la presentación liberal del individualista homo economicus. En ambas se deja
sin espacio al sujeto social y sus lógicas de confrontación, dominación,
resistencia y cambio.
De esta manera, el
consumo tiene una dimensión de política concreta, de lucha desigual por la
distribución del excedente y el sentido realizada por grupos sociales
históricos, no es sólo la agregación de preferencias de un agente abstracto
libre e individual como se pretende en la teoría de la elección racional, ni
tampoco es sólo el síntoma de la alienación total, material y simbólica que
impone un capitalismo todopoderoso a un hombre unidimensionalizado, sin
atributos ni poderes, típico del mundo interpretativo del marxismo culturalista
occidental de postguerra. Más bien hay que considerar al consumo como uso
social, esto es, como forma concreta, desigual y conflictiva de apropiación
material y utilización del sentido de los objetos y los signos que se producen
en un campo social por parte de grupos sociales con capitales (económicos, simbólicos,
sociales, culturales) distintos y desde posiciones sociales determinadas por el
proceso de trabajo.
Manejando el concepto
de uso social (por cierto con no poca tradición en las ciencias sociales
modernas) nos planteamos observar el consumo en una doble cara, como
reproducción de la estructura social, pero también como estrategia de acción.
Las formas de consumo son concretas para cada colectivo -son usos sociales- en
un marco espacial y período temporal determinado y nos remiten tanto a los sistemas
económicos de acumulación como a las prácticas reales de sujetos que en sus
estrategias tratan de reproducir, aumentar o explotar los capitales de todo
tipo asociados a cada posición social y sus antagónicas. El consumo se
conforma, como nos ha recordado reiteradamente el sociólogo francés Pierre
Bourdieu, en habitus, es decir, es una posición social hecha práctica -y
reflexivamente una práctica hecha posición social- y nos remite al proceso de
estructuración en que los actores expresan su posición en el sistema social,
puesto que las propiedades estructurales del sistema de consumo son a la vez
condiciones y resultados de las prácticas conflictivas realizadas por los
actores buscando aumentar su dominio (o su resistencia) en el campo de la
reproducción social.
El consumo como
práctica social concreta sintetiza un conjunto múltiple de fuerzas: la
distribución de rentas originadas en el proceso de trabajo, la construcción de
las necesidades reconocidas por parte de los consumidores, la búsqueda de
beneficio mercantil, los discursos y el aparato publicitario, la conciencia de
los grupos sociales reales, las instituciones formales e informales, la
emulación e imitación social, los movimientos colectivos, etc. Pero, todo ello
indica que es necesario enmarcar el modo de consumo en el modo de regulación
jurídico y económico (como conjunto estabilizado de esquemas normativos y de
convenciones sociales) que reproduce socialmente las condiciones para la
producción de mercancías y la acumulación de capital.
El consumo como
política y las políticas de consumo
Todos estos procesos
nos permiten apreciar que debemos plantear una auténtica política del consumo,
pues estamos ante una práctica que es imposible que sea relegada a un segundo
término o considerada un simple efecto residual o secundario de otras dinámicas
sociales, económicas o políticas consideradas más importantes. En este sentido,
el consumo se ha convertido en una fuente de bienestar (público y privado),
pero, de la misma manera, en un parte importante de la producción de riesgos
también individuales y colectivos: la materialización y ampliación de las
desigualdades sociales, las recientes y preocupantes catástrofes y
envenenamientos alimentarios, los efectos no seguros de los procesos de
artificialización, los impactos ecológicos sobre nuestro entorno, el simple
fraude comercial o las malas prácticas de mercado son un primer umbral que
marca la necesidad de control, seguimiento y vigilancia social y política de
los procesos de consumo, más allá de la estricta compraventa. Pero, además, el
consumo actual es un elemento primordial en la construcción de las identidades
sociales y los estilos de vida. Una sociedad que no reflexiona sobre sus formas
de consumo está abocada a perder el control de lo que de positivo y negativo
hay en él para la construcción o destrucción de redes y vínculos equitativos de
socialidad en (y entre) los grupos sociales.
Una sociedad sin
consumo es imposible, pero una sociedad centrada sólo en el consumo mercantil
corre el peligro de convertirse en simulacro, de degradar y desgastar sus
formas de solidaridad hasta convertirse en un simple agregado de egoísmos
excluyentes. Es por esto que la reflexión política, la participación de los
actores sociales y la educación -formal e informal- para el consumo, se
convierten en un aspecto ineludible para una sociedad que ha hecho de esta
actividad su santo y seña vital, y debe conjurar con esta política del consumo,
los riesgos (morales, sociales, económicos y hasta medioambientales y para la
salud) de que la sociedad esté al servicio del consumo como en el paradigma del
mercado total y no el consumo al servicio de la sociedad, como debe ser en el
ideal de cualquier comunidad democrática. El consumo puede ser una forma
racional de desarrollo de las capacidades humanas generales y no un simple
elemento de utilización de estas capacidades a favor de la rentabilidad
privada.
Consumismo y
consumerismo
Después de los
argumentos de la sociología crítica de los años cincuenta y sesenta contra el
consumismo impulsado por el neocapitalismo triunfante de mediados del siglo XX
-considerando este consumismo como la programación de deseos y necesidades por
un mercado oligopolista que arrojaba a un consumidor alienado a la compra
dispendiosa y el derroche organizado-, en los años setenta comenzó a aparecer
una abundante literatura teórica sobre el consumerismo, sus prácticas y sus
movilizaciones. El consumerismo, como concepto, hace referencia a los
comportamientos individuales y colectivos que tratan de limitar el poder de la
oferta en el mercado, racionalizando el comportamiento de los agentes en la
compraventa, así como regulando y salvaguardando los derechos económicos,
cívicos y sanitarios de los consumidores.
El consumerismo, por
tanto, se conecta con un conjunto de valores que tienden a movilizar recursos y
formar fenómenos de acción colectiva que sin negar la racionalidad básica del
mercado tratan de evitar, en un primer alcance, el fraude en la relación de
compraventa, y, en un segundo nivel, toda práctica de consumo que suponga un
riesgo de cualquier tipo para el comprador en particular y para la sociedad en
su conjunto; impidiendo con ello el abuso de la posición de dominio en el
mercado que puede tener un determinado productor o distribuidor. El
consumerismo ha dado lugar a un importante movimiento de defensa de los
consumidores que con más o menos radicalismo, y con grados de
institucionalización muy diferentes según países, se ha convertido en un actor
presente y en algunos momentos influyente en el espacio sociopolítico
occidental, abriendo espacios de participación grupal o colectiva, pero también
abriendo importantes canales de relación entre los sujetos individuales y las
administraciones públicas, por medio de un buen número de procesos de protesta,
reclamación y demanda privada de indudable repercusión jurídica y en ciertas
ocasiones, incluso, de modificación de la opinión pública.
En los últimos años
se ha puesto en contacto el tema del consumerismo con la idea de la formación
de un “nuevo consumidor” o un “consumidor postmoderno”. El consumerismo sería,
así, el espíritu de un nuevo capitalismo cognitivo, una actitud naturalizada y
desapasionada con respecto a la dinámica del mercado de un actor social que
convierte en práctica de consumo todas sus actividades de la vida cotidiana,
pero que no por ello renuncia a la demanda activa de mayores seguridades y
prestaciones en las mercancías y a una mejor relación calidad-precio en sus
actos de compra. Lo que indicaría que después del consumidor voraz del capitalismo
industrial, los procesos de mayor complejización, reflexividad y conocimiento
de la actual sociedad postmoderna habrían producido un consumidor que ha
llegado a ajustar su comportamiento no a la racionalidad abstracta del ideal
del mercado, ni tampoco a su crítica o rechazo ético, sino a una lógica
situacional de adaptación entre cínica y realista a la lógica del mercado, no
por ello exenta de posibilidades expresivas, así como de momentos de protesta,
participación, aprendizaje y limitación del poder de la producción.
Por lo tanto nuestra
sociedad de consumo ha cambiado y madurado, este llamado por la literatura
especializada nuevo consumidor -un consumidor responsable, interesado en la
seguridad, la simplicidad, los efectos sobre la salud, la buena relación
calidad-precio, la información y el aprendizaje de los códigos ya muy complejos
de los mercados de productos- parece que con su pragmatismo y conocimiento
tiende hoy a desplazar a cualquier figura estereotipada de un consumidor
absolutamente dominado o absolutamente libre. Pero este nuevo consumidor es imposible de manera individual y aislada,
sólo pensado y construido desde el ámbito de lo político (en el sentido de la
construcción de nuestras alternativas de vida en común) puede tener una
realidad consistente. Así, sólo la participación, la educación, la movilización
social y el conocimiento de nuestro ámbito real de elección en el mercado
pueden racionalizar la esfera del consumo, esfera que dejada a la dinámica
mercantil privada pura, tiende al caos y al autobloqueo. El mundo de la
vida cotidiana es el ámbito moderno del consumo, pero también el marco de
creación de nuevos movimientos sociales, de formas de convivencia, de métodos
de conocimiento y autoconocimiento. El proceso de consumo está incrustado en
todos los mecanismos de funcionamiento del mundo de la vida, y no sólo en el
mercado, tampoco puede ser el agujero negro que absorba todas las riquezas y
las energías sociales. Bienestar, educación, salud y consumo no son elementos
aislados y externos que coinciden sólo en la mente de los teóricos, son facetas
de la ciudadanía misma en todas sus dimensiones y, por ello, deben ser uno de
los centros de la planificación, y la participación, en la toma de decisiones
de las políticas públicas a partir de demandas y necesidades sociales
institucionalmente atendidas.
Luis Enrique Alonso Benito es profesor de sociología en la Universidad Autónoma de Madrid. Licenciado y Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid Becario de F.P.I. del Ministerio de Educación y Ciencia en el Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Económicas de la U.A.M entre 1980 y 1984. Desde 1984 hasta la actualidad, en el seno del Departamento de Sociología de la Facultad de CC. Económicas de la Universidad Autónoma de Madrid -donde es Catedrático de Sociología y se ha encargado de impartir más de media docena de materias en él ámbito de la Sociología de la Empresa y de la Economía, dentro de las licenciaturas y diplomaturas de esa Facultad. Ha ejercido docencia internacional en las universidades de Southbank de Londres, París IX (Dauphine) y París I (Laboratoire Georges Friedmann), Xalapa (Veracruz, México) y La República del Uruguay. Especializado en Sociología Económica y en el análisis e investigación sociológica de los fenómenos de acción colectiva y movimientos sociales, ha dirigido investigaciones en el ámbito de la Unión Europea (programa Comett, DG5), acciones concertadas con la Universidad de Cardiff (programa British Council/Ministerio de Educación) y proyectos de la Dgicyt, entre otros. Además, ha publicado multitud de artículos en revistas, capítulos de obras generales y libros propios. En ENCUENTRO está publicado ¿Trabajo para todos?( 1996).
Este artículo ha sido publicado en el nº 29 de la revistaPueblos, diciembre de 2007.

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